Esta novela corta de Zweig es imprescindible si te apasiona analizar el comportamiento de las personas que se encuentran bajo un estado de obsesión. No destaca por su originalidad, sino por la disección de las emociones.
Se distinguen dos personajes principales que son completamente antagónicos: el señor B y Czentovic.
Hablaré primero de Czentovic. Para mí es un joven vacío, sin mundo interior y bastante ignorante. Si bien es cierto que es campeón del mundo en ajedrez, es lo único en lo que destaca. Debido a ese mérito, su actitud hacia los demás es altiva, arrogante y antipática. Si lo sacas del ajedrez, su cerebro colapsa porque su nivel cultural y emocional son prácticamente inexistentes. No sabe ni escribir, ni imaginar, con lo cual tiene que aprovecharse de la única habilidad que tiene para salir adelante y no ser un Don Nadie. Hay una frase del libro que resume muy bien la mentalidad de este individuo:
«¿No es acaso lo más fácil del mundo considerarse un gran hombre cuando no se tiene ni la menor idea de que hayan existido alguna vez un Rembrandt, un Beethoven, un Dante, un Napoleón?».
Vamos ahora con el señor B. Es un señor culto con un mundo interior muy rico pero, cuando la Gestapo lo capturó, se obsesionó con el ajedrez para tener la mente ocupada. Es paradójico como en un principio ese juego se convirtió en su refugio para luego convertirse en su mayor delirio. Al final, el tener mucho tiempo libre te obliga a pensar y a rumiar. Te conviertes en tu única compañía y la falta de estímulos y la soledad obligada no son buenos compañeros para un cerebro inquieto. El señor B estaba cautivo en la celda de aislamiento y en su propia mente. Aun así, supo retirarse a tiempo del tablero cuando jugó contra Czentovic.
La obsesión producida por el juego de mesa está tan bien narrada que sientes la adrenalina de la victoria y el temor de engancharte al mismo tiempo.
Poco más que añadir, salvo que retomé el ajedrez después de terminar este libro, obviamente sin obsesionarme que ya me quedó claro que todo en exceso es malo.
Hasta la próxima lectura,
Anedra.